domingo, 14 de abril de 2019

El espejo de Sofía

Y un día, como tantas otras personas, se subió a un barco, porque América era la promesa de una vida mejor, la esperaba su amor, aquel muchachito tímido de ojos verdes, al que le dio una copita de anís para que se animara a darle su primer beso, porque él, todos los días le escribió una carta de amor, porque en América el dinero crecía en los árboles y le dijo que era dueño de una fábrica con chimenea, porque pronto podría cumplir la promesa de traer a toda su familia. Pero la realidad, la gran enemiga de los sueños y fantasías le trazó otro camino, un camino lejos de sus raíces, atrás quedó la infancia compartida con sus hermanas, atrás quedaron sus padres, y acá construyó una nueva vida, con sacrificios, con añoranzas, con nostalgia, porque mi abuela, Sofía, nunca más volvió a ver a su familia de Bulgaria. Con los años Sofía, comenzó a notar que los espejos deformaban. ¡Este espejo deforma! decía al observarse en el mismo. ¿Dónde estaba su melena oscura y su tersa piel? La imagen reflejada sólo mostraba unos pocos cabellos y su piel, su piel parecía una cáscara de naranja. Entonces miraba hacia adentro, ahí cerca de su corazón, en su espejo interior y éste le devolvía su recuerdo. Ahí estaba ella, la que disfruta bailando, aunque sus piernas ya no se lo permitían, la que se pintaba los labios, aunque ya no veía con claridad, la que soñaba con su pueblo, la que amó intensamente y renunció a todo por amor, la que un día se despidió de su madre sin darle un beso, porque en Europa no se acostumbraba, la que seguía esperando a su amado aunque ya no estaba presente. Es que en Sofía el pasado y el presente comenzaron a fusionarse, coexistían, a veces se unían, otras se separaban, sentía el fuego de su añorada juventud y partió con 94 años. Y con ella se fue la riqueza del idioma ladino, las comidas típicas, las compras en la feria, las horas de juego, el recuerdo de verla comer todo, absolutamente todo con pan, hasta el helado, el espiral para los mosquitos, la bolsa de agua caliente y la cuerda del reloj despertador. Mi abuela, pilar fundamental de mi propia historia. Ahora que me estoy mirando al espejo y reconozco la cara de mi madre, pienso que ella tenía razón. ¡Cómo deforman los espejos!